A propósito de Punishment Park por Dolores Acebal.
Recientemente se publicaba en la revista Cahiers du Cinema un interesante estudio del cineasta Samuel Alarcón centrado en dos de las secuencias claves de la película de Roberto Rossellini Te querré siempre (1953): la del hallazgo de los esqueletos en las ruinas de Pompeya y la del milagro final en el pueblo de Maiori. Hasta ahora estas dos escenas habían sido consideradas como el reflejo fiel de una realidad con la que el director se había topado por casualidad mientras rodaba. Es cierto que Rossellini trabajaba con un guión de tan solo cinco hojas, que se nutría continuamente del devenir cotidiano de los parajes napolitanos, y que de ahí deriva la intensa modernidad del film. Pero, según Alarcón, ambas secuencias no son fruto de una retransmisión en directo de los hechos sino el resultado de la puesta en escena del realizador.1
¿Es relevante saber si los obreros de la fábrica de los Lumière estaban saliendo espontáneamente cuando los cineastas los filmaron o si su acción respondía a las directrices más o menos pautadas de los directores? Sí, sin duda, es primordial conocer las circunstancias que rodean el proceso de producción para entender mejor la naturaleza del hecho fílmico. Pero la intervención de los realizadores en la composición de unos acontecimientos que se plantean como reales, no les resta a éstos autenticidad sino que realza su potencial de subversión al insertarlos en el marco de una voluntad discursiva2. En palabras de Claude Lanzman, “Hacer imágenes a partir de lo real equivale a agujerear la realidad. Encuadrar una escena es profundizar”.3 seguir leyendo