A propósito de Edvard Munch, por Dolores Acebal.
Peter Watkins nunca ha tenido reparos en admitir que Edvard Munch (1973), además de ser uno de sus proyectos más personales, es una autobiografía camuflada de sus propias angustias e inquietudes creativas.
Asumamos que tanto Munch como Watkins forman parte de esa categoría de artistas que Pierre Bourdieu definió como heréticos, en tanto que condenados a experimentar las tensiones e incertidumbres propias de quienes ponen en marcha un nuevo régimen artístico que aún no se ha instaurado en la sociedad.1
Munch, desde luego, practicaba un expresionismo avant-la-lettre que lo condenó al ostracismo más absoluto por parte de sus coetáneos. seguir leyendo